miércoles, 9 de julio de 2008

Sarmiento


Nadie puede negar los méritos de Sarmiento con respecto a la enseñanza. Pero no hay que disimular sus arranques racistas contra el indio y el gaucho y su crueldad con respecto a la guerra al Paraguay y a la siembra del odio entre los argentinos durante las guerras internas de facciones. Y su enseñanza sólo para el “progreso”, ese progreso que fue para pocos y para la explotación del hombre y la naturaleza.
No hay que olvidar nunca ese lema de Sarmiento: “No ahorrar sangre de gauchos”. Ese, su odio ancestral hacia lo autóctono. Su fervor por lo norteamericano. Ya lo escribió Juan Bautista Alberdi, citado por Arturo Sala en su profunda obra de investigación “La razón maligna en la Argentina” –obra por editarse–, que “En la moral de Sarmiento el asesinato y el robo no son crímenes cuando son hechos en su servicio y en su provecho”. Aclaremos que tal vez “en su servicio y en su provecho” quería decir que en pos de sus ideas, Sarmiento creía en el verdadero progreso. Pero en el caso de la Etica, que debería ser el fundamento principal de la política, tiene el mismo significado. También el “progreso” que nos trajo Roca costó la vida y la esclavitud de miles de seres. Todo lo contrario de lo que ansiaban los hombres de Mayo.
Es el mismo Alberdi el que va a denunciar la extrema crueldad de Sarmiento en el asesinato del Chacho Peñaloza, allí dice: “Con todos los recursos del gobierno de San Juan y del gobierno nacional, Sarmiento no pudo vencer al héroe popular de La Rioja, cuyo poder consistía únicamente en la adhesión libre de su pueblo. Sarmiento lo hizo asesinar. Sarmiento se ha jactado de esa hazaña y ha hecho ascender de su grado militar al asesino. Para justificar ese crimen, Sarmiento ha calumniado al Chacho, hasta presentarlo como un simple bandido calamitoso”. Sarmiento confirma su crueldad en carta que le escribe a Mitre el 18/11/63: “He aplaudido la medida, precisamente por su forma. Sin cortarle la cabeza a aquel inveterado pícaro y ponerla a la expectación, las chusmas no se habrían aquietado en seis meses”.
En su libro, el profesor Sala describe minuciosamente el profundo racismo vigente en la Argentina, en forma abierta, con Roca y Sarmiento y tal vez algo solapado hasta el presente. Para finalizar este aspecto citaremos de nuevo a Sarmiento, quien diferencia así a la América del Norte de Latinoamérica: “Mientras los ingleses tuvieron en Norteamérica hembras anglosajonas, conservando pura su psicología al conservar la pureza de su sangre, los españoles se cruzaron con mujeres indígenas, combinando sus taras psicológicas con las de la raza inferior. Los yanquis son europeos puros, los hispanoamericanos están mestizados con indígenas y africanos, guardando la apariencia de europeos por simple preponderancia de la raza más fuerte”.
Bien, esto define todo.
Sarmiento contrató a maestras norteamericanas para que nos enseñaran esa civilización que terminó con los sioux y los pieles rojas con el fusil Remington. Igual que nosotros, ya que Roca prefirió también el Remington para su “conquista del desierto”. Y ahora hay un proyecto para que los argentinos levantemos un monumento a las maestras norteamericanas que contrató Sarmiento. Creo que no es justo esto, ya que esas damas vinieron contratadas y bien pagadas. Y que el monumento tendría que ser para nuestras maestritas rurales, aquellas que les enseñaron y les siguen enseñando a nuestros queridos niños a leer y escribir. Yo he conocido a muchas de esas maestras de los lugares más alejados y más escondidos. Nombraré a una de ellas: Hurí Portela, que enseñó casi toda su vida en Los Antiguos. Sí, ahí, en el extremo sur argentino. Y que no sólo enseñó a leer y escribir a los niños, allá en ese paisaje, sino también les enseñó a plantar flores, verduras, árboles y el trigo. Hurí Portela fue detenida durante la dictadura de la desaparición de personas, por supuesto, por sospechosa de enseñar tanto. Esas maestras trajeron el progreso que no puede ser otro que el ansia del saber y el cuidado de esa maravillosa presencia que es la naturaleza que nos rodea.


(Osvaldo Bayer)